Cuando entraron los perritos al salón, las caras cambiaron. No fue magia. Fue presencia. Fue olvidarse por un rato del dolor y volver a algo más simple: una caricia.
No reemplazamos terapias ni profesionales. Hacemos algo distinto: traer un rato de alegría, conexión y ternura a quienes pasan demasiados días en silencio.
