Llegamos sin esperar nada y nos fuimos sintiendo que algo había cambiado en nosotros también. Doña Rosa nos recibió en la puerta, con la voz baja, como si la sorprendiera ser vista.
La compañía no resuelve la enfermedad. Pero a veces la suaviza. La hace más humana. Le devuelve a la persona el derecho a sentirse parte de algo.
Volvimos cada semana. Aprendimos a escuchar sin apurar. A traer un té sin preguntar. A quedarnos en silencio cuando hacía falta. A reírnos cuando ella decidía que era momento.
